
El Telégrafo
Salitre: Camino al Pijío está el encanto
Son los arroceros de Salitre, que dan la bienvenida a la capital montubia del país.
Atrás quedan las aceras de cemento, el cielo nublado y el aire pesado de los tubos de escape. Las nubes se abren y la carretera se hace angosta. El sol de las 10:00 roza las puntas de las plantaciones de arroz y de repente aparecen hombres de piel tostada con sombrero de paja y sumergidos hasta la rodilla, removiendo la tierra y cortando maleza.
Son los arroceros de Salitre, que dan la bienvenida a la capital montubia del país. Llegar aquí es tan fácil como cruzar Durán, seguir por la carretera a Daule y desviarse en el kilómetro 42. En 50 minutos se llega al pueblo, que es como cualquier otro de la geografía costeña.
Sus calles son pequeñas y en cada esquina se escuchan pasillos, boleros y rocola. La sazón de Salitre está en su olor a Bocachico (pescado de río) asado, en la brisa del río Vinces y en sus fincas con árboles de mango.
Una de aquellas fincas es la de los hermanos Burgos. Para llegar allá necesitamos de un guía. Fidel Salvador es su nombre, salitreño de 48 años y dueño de una finca ubicada antes de llegar a Vernaza, parroquia rural del pueblo. Don Fidel para sus actividades del día, deja encargado su ganado y le dice a su esposa, “me voy al Pijío, a la hacienda de los Burgos”. Según él, en Pijío está el encanto.
Un poco más de 5 minutos dura el camino saliendo desde Vernaza. Un desvío con un letrero blanco señala que las plantaciones siguientes son propiedad de los Burgos. En la entrada, un montubio con sombrero y bejuco da la bienvenida. Luego un avestruz de cuello largo saluda con curiosidad entre los arbustos, quizás sorprendido de ver gente desconocida.
En el Pijío hay más de 40 tolas, entierros prehispánicos asentados sobre colinas, y en uno de los cerros se erige la casa de la hacienda Burgos. Tiene algo más de 80 años de historia, con su estructura original de madera de laurel, y dos pisos que terminan en una terraza llena de plantas colgantes. Este es el descanso de Augusto, cuarta generación de los Burgos y quien fue pionero de los rodeos montubios por los años 80.
La hacienda Burgos es una mezcla de rural y antiguo, congelada en el tiempo. Los minutos pasan más despacio, el verde del pasto huele a lluvia y la respiración se torna tranquila. Dos tolas funerarias, sin huesos ni vasijas sirven de antesala al subir a la terraza. Alguna vez, un grupo de arqueólogos visitó la finca y dijo que la mayoría de las tolas pertenecían a la cultura pre-colombina Milagro-Quevedo, por lo que “quisieron comprarle la propiedad a mi padre pero él se negó”, cuenta Don Augusto.
Con 450 hectáreas, más de 50 caballos y 80 cabezas de ganado bovino, la finca El Pijío está abierta invierno y verano a salitreños y curiosos desde “las grandes épocas que hacíamos los rodeos”, dice su dueño. Es una de las propiedades más extensas del cantón, aunque existen otras haciendas que pueden ser visitadas como El Destino en el recinto Candilejo y los Samanes en Vernaza.
Cientos de árboles de mango, zapote, naranjas; matas de maracuyá, noni o tamarindo; y animales tan exóticos como dos faisanes traídos de España nos entretienen, hasta que los caballos sean ensillados. Hay que dar un paseo a lomo de caballo si se desea conocer el resto de las tolas. Aunque si don Augusto está de ánimo, muestra su colección de vasijas y ornamentos precolombinos.
“Eso sí, para ver cómo vive un montubio hay que llegar temprano en la mañana y tomar leche recién ordeñada”, aconseja Celia, otra de los Burgos. Hoy estamos de suerte. Una vaca ha tenido crías hace poco y se la puede molestar. Marco Vera, vaquero de la finca va en su búsqueda, “tiene que estar pastando”. Al traerla al potrero, los 6 terneros que se entretenían comiendo verde, comienzan a gritar (¡mamá!). Quieren leche y esta es la oportunidad.
Marco acomoda la vaca de pintas grises y pone a uno de los terneros junto a la ubre para engañar a la madre y suelte la leche.Trae su balde y empieza la faena. En cinco minutos, obtiene más de cinco litros de leche espumosa y pesada. El vaquero tenía razón, la leche es un buen aliciente para continuar con la caminata, alimentar a las gallinas o las guantas; o bañarse en un pequeño estero. Un día no es suficiente para recorrer el Pijío y como en el campo se duerme temprano, el día termina pasadas las cuatro de la tarde. Los animales lo saben y de repente todo se torna silencioso. Cada madre agarra a su cría y los gallos de pelea se acurrucan en un rincón. Ha llegado la hora de irse, no sin antes recoger algunos mangos y despedirse de Don Augusto.
Karla Pesantes
kpesantes@telegrafo.com.ec
Reportera
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